viernes, 20 de abril de 2012

Mario Vargas Llosa "La caza del gay "

Fuente: Diario El Popular




















La noche del tres de marzo pasado, cuatro "neonazis" chilenos, encabezados por un matón apodado Pato Core, encontraron tumbado en las cercanías del Parque Borja, de Santiago, a Daniel Zamudio, un joven y activista homosexual de 24 años, que trabajaba como vendedor en una tienda de ropa.

Durante unas seis horas, mientras bebían y bromeaban, se dedicaron a pegar puñetazos y patadas al maricón, a golpearlos con piedras y a marcarle esvásticas en el pecho y en la espalda con el gollete de una botella. Al amanecer, Daniel Zamudio fue llevado a un hospital, donde estuvo agonizando durante 25 días al cabo de los cuales falleció por traumatismos múltiples debidos a la feroz golpiza.

Este crimen, hijo de la homofobia, ha causado una viva impresión en la opinión pública no solo chilena, sino sudamericana, y se han multiplicado las condenas a la discriminación y el odio a las minorías sexuales, tan profundamente arraigado en toda América Latina. El presidente de Chile, Sebantián Piñera, reclamó una sanción ejemplar y pidió que se activara la dación de un proyecto de ley contra la discriminación que, al parecer, desde hace unos siete años vegeta en el parlamento Chileno, retenido en comisiones por el temor de ciertos legisladores conservadores, de que esta ley, si se aprueba, abra el camino al matrimonio homosexual.

Ojalá la inmolación de Daniel Zamudio sirva para sacar a la luz pública la trágica condición de los gays, lesbianas y transexuales en los países latinoamericanos, en los que, sin una sola excepción, son objeto de escarnio, represión, marginación, persecución y campañas de descrédito que, por lo general, cuentan con el apoyo desembozado y entusiasta del grueso de la opinión pública.

Lo más fácil y lo más hipócrita en este asunto es atribuir la muerte de Daniel Zamudio sólo a cuatro bellacos pobres diablos que se llaman neonazis sin probablemente saber siquiera qué es ni qué el nazismo. Ellos no son más que la avanzadilla más cruda  y repelente de una cultura de antigua tradición que presenta al gay  y a la lesbiana como enfermos o depravados que deben ser tenidos a una distancia preventiva  de los seres normales porque corrompen al cuerpo social sano y lo inducen a pecar y a desintegrarse moral y físicamente en prácticas perversas y nefandas.

Esta idea de homosexualismo se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunden en los medios de comunicación,
aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales donde el marica y la tortillera son siempre personajes grotescos, anómalos, ridículos y peligrosos, merecedores del desprecio y el rechazo de los seres decentes, normales y corrientes. El "gay" es siempre el otro, el que nos niega, asusta y fascina al mismo tiempo, como la mirada de la cobra mortífera al pajarillo inocente.

En semejante contexto, lo sorprendente no es que se cometan abominaciones como el sacrificio de Daniel Zamudio, sino que éstas sean tan poco frecuentes. Aunque tal vez, sería mas justo decir tan poco conocidas, porque los crímenes derivados de la homofobia que se hacen públicos son seguramente solo una mínima parte de los que en verdad se comenten. Y, en muchos casos, las propias familias de las víctimas prefieren echar un velo de silencio sobre ellos, para evitar el deshonor y verguenza.

Aquí tengo bajo mis ojos, por ejemplo, un informe preparado por el movimiento homosexual de Lima, que me ha hecho llegar su presidente, Giovanny Romero Infante. Según esta investigación entre los años 2006 y 2010 en el Perú fueron asesinados 249 personas por su "orientación sexual e identidad de género", es decir una cada semana. Entre los más estremecedores casos que el informe señala, destaca el de Yefri Peña, a quien cinco "machos" le desfiguraron la cara y el cuerpo con un pico de botella, los policías se negaron a auxiliarla por ser un travesti y los médicos de un hospital a atenderla por considerarla un "foco infeccioso" que podía transmitirse al entorno.

Porque, en lo que se refiere, a la homofobia, la izquierda y la derecha se confunden como una sola entidad devastada por el prejuicio y la estupidez. No solo la iglesia católica y las sectas evangélicas repudian al homosexual y se oponen con terca insistencia al martrimonio homsexual.
Los dos movimientos subversivos que en los años ochenta iniciaron la rebelión armada para instalar el comunismo en el Perú, Sendero Luminoso y el MRTA(Movimiento Revolucionario Tupac Amaru), ejecutaban a los homsexuales  de manera sistemática  en los pueblos que tomaban para liberar a esa sociedad de semejante lacra (ni más ni menos que lo hizo la inquisición a lo largo de toda su siniestra historia).

Liberar a América Latina de esa tara inveterada que son el machismo y la homofobia - las dos caras de una misma moneda- será largo, difícil y probablemente el camino hacia esa liberación quedará regado de muchas otras víctimas semejantes al desdichado Daniel Zamudio. El asunto no es político, sino religioso y cultural. Fuimos educados desde tiempos inmemoriales en la peregrina idea de que hay una ortodoxia  sexual de la que solo se apartan los pervertidos y los locos y enfermos , y hemos venido transmitiendo ese disparate aberrante a nuestros hijos, nietos y bisnietos, ayudados por los dogmas de la religión y los códigos morales y costumbres entronizadas. Tenemos miedo al sexo y nos cuesta aceptar que en ese dominio hay opciones diversas y variantes que deben ser aceptadas como   manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este aspecto  de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar, permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elije su conducta y vocación sin otra limitación que el respeto  y la aquiescencia del prójimo.